La autoridad moral del sacerdote santo

La autoridad moral del sacerdote santo

P. Jesús Villagrasa, L.C.

La autoridad conferida al sacerdote con la ordenación es una participación en la autoridad de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Para un fructífero ministerio sacerdotal se requiere también de autoridad moral, y ésta la da una vida congruente con la gracia y la santidad del sacramento. Como la santidad “específica” del sacerdote consiste en la caridad pastoral, a fin de cuentas, en ésta estriba la autoridad moral del sacerdote. De hecho el ministro ordenado se santifica “específicamente” a través de la caridad pastoral en el ejercicio fervoroso de su ministerio, y la eficacia de su ministerio depende, en gran medida, de la autoridad moral del sacerdote, es decir, de su caridad. La relación entre autoridad y santidad es tan estrecha que, en su exhortación apostólica Pastores gregis (PG), san Juan Pablo II ha recordado a los obispos – que gobiernan “con autoridad y potestad sagrada” – una verdad válida, análogamente, para los sacerdotes: la potestad sagrada “hunde sus raíces en la autoridad moral que le da al Obispo su santidad de vida. Precisamente ésta facilita la recepción de toda su acción de gobierno y hace que sea eficaz” (PG 43).

  1. Santidad y autoridad sacerdotales

Mediante la consagración sacramental, el sacerdote es configurado con la persona y misión de Jesucristo Sumo, Eterno y Único Sacerdote, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y “recibe como don una ‘potestad espiritual’, que es participación de la autoridad con la cual Jesucristo, mediante su Espíritu, guía la Iglesia” (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis (PDV) 21). A través de los ministros ordenados, Jesucristo está presente entre los creyentes. “En todo tiempo y lugar Él predica la palabra de Dios a todas las gentes, administra los sacramentos de la fe a los creyentes y dirige al mismo tiempo el pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinación hacia la bienaventuranza eterna” (PG 6). El Buen Pastor no abandona su rebaño, sino que lo custodia y lo protege siempre mediante aquellos que, en virtud de su participación ontológica en su vida y su misión, actúan en su nombre en el ejercicio de las funciones que comporta el ministerio pastoral. “Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre. Este es el modo típico y propio con que los ministros ordenados participan en el único sacerdocio de Cristo” (PDV 15).

La misión de Cristo configura el ministerio pastoral de los sacerdotes según la triple función (triplex munus) de enseñar, santificar y regir. Cada sacerdote, a través de la imposición de las manos del obispo, recibe la autoridad y la misión de ejercer estas funciones que, por su misma naturaleza, exigen ser realizadas en comunión jerárquica con el obispo (y en dependencia de los propios superiores, si es religioso).

La “potestad” del sacerdote es “espiritual” y “sagrada”, una participación de la autoridad con la cual Jesucristo guía la Iglesia. La autoridad de Jesucristo Cabeza coincide “con su servicio, con su don, con su entrega total, humilde y amorosa a la Iglesia. Y esto en obediencia perfecta al Padre: él es el único y verdadero Siervo doliente del Señor, Sacerdote y Víctima a la vez. Este tipo concreto de autoridad, o sea, el servicio a la Iglesia, debe animar y vivificar la existencia espiritual de todo sacerdote, precisamente como exigencia de su configuración con Jesucristo, Cabeza y Siervo de la Iglesia” (PDV 21). Una autoridad de este tipo es única en el mundo, pues el ministro ordenado “gobierna con el corazón propio del siervo humilde y del pastor afectuoso que guía su rebaño buscando la gloria de Dios y la salvación de las almas” (PG  43). Esta potestad sagrada, tiene por objeto la edificación del Pueblo de Dios, en la verdad y santidad, no su ruina (cf. 2 Co 10, 8) y ha de ejercitarse únicamente por los ministros ordenados (cf. PDV 17).

El sacramento, además de capacitar a los sacerdotes, los “compromete para ser ‘instrumentos vivos de Cristo Sacerdote eterno’ y para actuar ‘personificando a Cristo mismo’; los configura en su ‘vida’ entera, llamada a manifestar y testimoniar de manera original el ‘radicalismo evangélico’” (PDV 20). Los presbíteros para prolongar la presencia y la autoridad de Cristo han de seguir su estilo de vida y ser “como una transparencia suya en medio del rebaño” (PDV 15).  La configuración sacramental con Cristo Pastor, que santifica objetivamente al sacerdote e imprime un carácter indeleble en su alma, es el punto de partida del camino del presbítero hacia la santidad. De la santidad sacramental dimana tanto la exigencia moral de tender a la santidad personal, cuanto la fuerza para alcanzarla en la práctica de un ministerio lleno de caridad y celo.

  1. La santificación en el ministerio

Los sacerdotes, por su nueva consagración, “están obligados de manera especial a alcanzar la perfección” (Presbiterorum ordinis (PO) 12). La “especificidad” del camino de perfección del sacerdote es la caridad pastoral, “una santidad vivida con el pueblo y por el pueblo” (PG 12), “un proceso de pro-existentia pastoral, que le impulsa a vivir en el don cotidiano de sí para el Padre y para los hermanos como Cristo, el Buen Pastor” (PG 11, cf. PG 13).

La caridad pastoral constituye el alma del ministerio y de la autoridad sacerdotal, “el principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero” y “el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del sacerdote”. La caridad pastoral, participación de la misma caridad pastoral de Jesucristo, es “don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero. El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de sí, la total donación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen” (PDV 23).

La formación de los seminaristas ha de estar orientada a prepararlos de una manera específica para ser pastores del pueblo de Dios, capaces de vivir y comunicar la caridad de Cristo. Esta orientación pastoral unifica todo el programa formativo. El decreto conciliar Optatam totius (n. 4) insiste “en la profunda coordinación que hay entre los diversos aspectos de la formación humana, espiritual e intelectual; y, al mismo tiempo, en su finalidad pastoral específica. En este sentido, la finalidad pastoral asegura a la formación humana, espiritual e intelectual algunos contenidos y características concretas, a la vez que unifica y determina toda la formación de los futuros sacerdotes” (PDV 57).

Para una vida espiritual que se desarrolla a través del ejercicio del ministerio, y para un ejercicio del ministerio sacerdotal que santifique también al ministro, es esencial que el sacerdote renueve continuamente y profundice cada vez más la conciencia de ser ministro de Jesucristo, en virtud de la consagración sacramental. “Esa conciencia no sólo corresponde a la verdadera naturaleza de la misión que el sacerdote desarrolla en favor de la Iglesia y de la humanidad, sino que influye también en la vida espiritual del sacerdote que cumple esa misión. En efecto, el sacerdote es escogido por Cristo no como una ‘cosa’, sino como una ‘persona’. No es un instrumento inerte y pasivo, sino un ‘instrumento vivo’, como dice el Concilio, precisamente al hablar de la obligación de tender a la perfección” (PDV 25). Los sacerdotes son ministros de Cristo.

El mismo sacramento que los configura a Jesucristo, Cabeza y Pastor, “los conforma y anima con su caridad pastoral y los pone en la Iglesia como servidores autorizados del anuncio del Evangelio a toda criatura y como servidores de la plenitud de la vida cristiana de todos los bautizados” (PDV 15). El sacerdote es un ministro-servidor autorizado, que, en cuanto representante de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia “se sitúa no sólo en la Iglesia, sino también al frente de la Iglesia” (PDV 16). El ministro se santifica en su ministerio. La santidad donada por el sacramento y el ministerio reclaman en el corazón sacerdotal la colaboración con la gracia, la santidad de vida.

La potestad sagrada para predicar, santificar y gobernar al pueblo de Dios exige del sacerdote un ejercicio digno y una vida santa. La autoridad sacerdotal, en cuanto participación de la autoridad de Cristo, debe reflejar la luz del Buen Pastor y estar forjada según este modelo, viviendo “un estilo de vida que imite la kénosis de Cristo siervo, pobre y humilde, de manera que el ejercicio de su ministerio pastoral sea un reflejo coherente de Jesús, Siervo de Dios, y lo lleve a ser, como Él, cercano a todos, desde el más grande al más pequeño” (PG 43). De este modo, el ejercicio fiel del ministerio santifica al ministro, haciendo su vida cada vez más conforme a la riqueza ontológica de santidad que el sacramento le ha infundido. Así, practicando la caridad pastoral, el sacerdote “se convierte en signo de Cristo y adquiere la autoridad moral necesaria para que, en el ejercicio de la autoridad jurídica, incida eficazmente en su entorno” (PG 43).

  1. La autoridad moral del sacerdote

La autoridad pastoral del sacerdote es más fácilmente reconocida por los fieles si va acompañada de la autoridad moral del santo. No se logrará que el servicio de la autoridad sea mejor comprendido, aceptado y cumplido, sin el reconocimiento de la naturaleza misma de la autoridad eclesial que “es –y así ha de manifestarse lo más claramente posible– participación en la misión de Cristo, que se ha de vivir y ejercer con humildad, dedicación y servicio” (PG 43). Es verdad que el ministro ordenado tiene, en virtud del oficio recibido, “una potestad jurídica objetiva que tiende a manifestarse en los actos potestativos”, pero también es verdad que su gobierno será pastoralmente eficaz “si se apoya en la autoridad moral que le da su santidad de vida” (PG 43).  Si el ministerio sacerdotal no va acompañado del testimonio de santidad manifestado en la caridad pastoral, en la humildad y en la sencillez de vida, acaba por reducirse a un papel casi exclusivamente funcional y pierde fatalmente credibilidad ante los fieles (cf. PG 43). Además, siendo su autoridad, una participación de la autoridad de Cristo, su ejercicio y la misma persona del sacerdote requieren ciertas cualidades: “una vida ejemplar, capacidad de relación auténtica y constructiva con las personas, aptitud para impulsar y desarrollar la colaboración, bondad de ánimo y paciencia, comprensión y compasión ante las miserias del alma y del cuerpo, indulgencia y perdón” (PG 43). San Ambrosio decía que “la dignidad sacerdotal requiere una compostura que se aleja de los alborotos, una vida austera y una especial autoridad moral” (Epistulae, Ad Ireneum, lib. I, ep VI).

El Pueblo de Dios tiene derecho a esperar del presbítero la santidad de vida correspondiente a su dignidad sacerdotal. Esa santidad le confiere la autoridad moral necesaria en una persona cuyo ministerio está siempre dirigido a personas. “El ejercicio de la autoridad en la Iglesia no se puede entender como algo impersonal y burocrático, precisamente porque se trata de una autoridad que nace del testimonio” (PG 43). Si faltara el ascendiente de la santidad de vida del ministro, es decir, su testimonio de fe, esperanza y caridad, el Pueblo de Dios acogería difícilmente su ministerio.

Si la autoridad moral se conquista en el ejercicio del ministerio, cabe señalar algunos modos de alcanzarla relacionados con el triplex munus.

En cuanto guía del pueblo de Dios, el sacerdote gana autoridad moral por su obediencia a la voluntad de Dios expresada en la Revelación divina, en el Magisterio, en las directrices de los obispos y en las diversas manifestaciones del Espíritu Santo que actúa como quiere y donde quiere. El sacerdote debe ser un modelo de escucha, “atento a comprender, por medio de la oración y el discernimiento, la voluntad de Dios a través de lo que el Espíritu dice a la Iglesia. Ejerciendo evangélicamente su autoridad, debe saber dialogar con sus colaboradores y con los fieles para hacer crecer eficazmente el entendimiento recíproco. Esto le permitirá valorar pastoralmente la dignidad y responsabilidad de cada miembro del Pueblo de Dios, favoreciendo con equilibrio y serenidad el espíritu de iniciativa de cada uno” (PG 20). El sacerdote es un líder espiritual cuando no reprime sistemáticamente la iniciativa pastoral de los fieles, sino que la discierne a la luz de Dios y la orienta para el bien de toda la Iglesia. La corona de un sacerdote es una comunidad con espíritu de iniciativa.

Para cumplir su ministerio de predicador del Evangelio y custodio de la fe en el Pueblo de Dios, el sacerdote necesita la autoridad moral que le da una preparación intelectual adecuada, pero, sobre todo, aquella que viene de la coherencia personal y del testimonio de una auténtica vida de fe. San Hilario de Poitiers decía: “Por un lado, un ministro de vida irreprochable, si no es culto, conseguirá sólo ayudarse a sí mismo; por otro, un ministro culto pierde la autoridad que proviene de su cultura si su vida no es irreprensible” (De Trinitate, VIII,1: PL 10,236). Si el ministro, que enseña a la comunidad con una autoridad ejercida en nombre de Jesucristo, no vive lo que enseña, transmite a su comunidad un mensaje contradictorio. El testimonio de vida es para un ministro ordenado “como un nuevo título de autoridad, que se añade al título objetivo recibido en la consagración. A la autoridad se une el prestigio. Ambos son necesarios. En efecto, de una se deriva la exigencia objetiva de la adhesión de los fieles a la enseñanza auténtica [del ministro]; por el otro se facilita la confianza en su mensaje” (PG 31).

En cuanto ministro de los sacramentos y dispensador de la gracia divina, el sacerdote no puede olvidar aquella exhortación que la Iglesia le hizo en el rito de la ordenación, al entregarle las ofrendas para el sacrificio eucarístico: “Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. Su ministerio no sería entendido adecuadamente si se redujera a un ex opere operato funcional. Dios ha querido unir, ordinariamente, la dispensación de su gracia también a la santidad del ministro.

En definitiva, la autoridad moral del sacerdote consiste en su santidad personal, en una caridad pastoral expresada en el ejercicio fiel de su ministerio, que le da credibilidad ante los fieles y ­– como decía el último concilio – que “contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio” (PO 12). Lo santidad del sacramento y de la vida del pastor santifican al pueblo que el Señor le ha confiado.

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