#santitAPRA: “Los santos, compañeros de viaje en el camino de la vida”

#santitAPRA: “Los santos, compañeros de viaje en el camino de la vida”

de: H. Lucas Délano, L.C.

1. La vida es como un camino: tiene un punto de partida, un destino, y un espacio y un tiempo en los que se desarrolla. Pero es un camino distinto para cada persona. Y esto no sólo por las variables externas que hacen que cada vida sea irrepetible, como la cultura y la familia en las que se nace, el momento histórico en que se vive, la educación que se recibe, los acontecimientos que la rodean, etc. Sino que también por un elemento anterior por el cual la persona ya viene determinada incluso antes de nacer: su configuración esencial. Es como el “software” de cada uno, el principio interno que incluye las propias características, y con ello las potencialidades y limitaciones. Al nacer todos esos rasgos están todavía en potencia, es decir, latentes y en espera de ser desarrollados, por lo que viene dada también la tarea de la propia educación.

En La credibilità dell’educatore Romano Guardini dice que educar es dar al educando coraje en sí mismo, indicarle sus tareas, interpretar su camino y ayudarle a conquistar su propia libertad. Al referirse a la educación dentro de un contexto cristiano dice que es ayudar al otro a encontrar su camino hacia Dios. Son descripciones en las que menciona explícitamente el hecho de la singularidad del camino de cada uno, de lo que se desprende que también el camino de educación será distinto en cada caso. Cada persona debe ir descubriendo su propia forma de ser y afianzándose en ella. Es necesario conocerse para saber con qué se cuenta, para medir las propias fuerzas. Es un proceso en el que está latente el peligro de que experiencias de frustración lleven a desconfiar de la propia configuración y a no creer en sus posibilidades. Corresponde al educador ayudar al educando a ganar seguridad y confianza en sí mismo. Esto lo consigue en la medida en que aprende a reconocer y a valorar sus propias cualidades y toma consciencia de que Dios le ha encomendado una misión particular que responde precisamente a esa fisonomía y a las circunstancias que rodean su vida. Con esta convicción de tener un destino y una posibilidad de afirmación puede dar un segundo paso fundamental: la aceptación de la propia configuración esencial. Finalmente, para alcanzar progresivamente la madurez humana y la realización de su vida, es necesario que vaya desarrollando las potencialidades de su fisonomía a través del continuo descubrimiento y realización de dicha misión.

Si para realizar este trabajo es fundamental el educador, también lo son los grandes hombres y mujeres que influyen a través del ejemplo de sus vidas. Son aquellos que han sabido descubrir y recorrer sus propios caminos y, por lo tanto, pueden ayudar a otros a hacerlo. De modo análogo, también ellos pueden ser considerados “educadores”, aun cuando lo sean de modo indirecto. Generan un atractivo tal en la persona que su figura se imprime en el interior de ella, desde donde trabajan fecundando e iluminando su existencia y la estimulan a la lucha por su propia consistencia. Como dice Guardini, «la vida viene despertada y encendida por la vida misma». Por eso, cuando uno se encuentra con un hombre así, es necesario seguirlo y dejarse plasmar por él. Al inicio, quizá, copiando; después, de un modo más profundo. Y así, poco a poco, se convierte en una ayuda para el desarrollo y manifestación de la propia esencia. Finalmente, siempre llega el momento en que es necesario distanciarse del modelo para poder volar por uno mismo, para que pueda consolidarse la propia originalidad.

2. Entre estas figuras luminosas encuentran un lugar destacado los santos. Son aquellos hombres y mujeres, niños y niñas, en quienes ha tomado forma la plenitud y la riqueza de Dios. A través de las historias de sus vidas y especialmente a través de sus propios escritos nos permiten acercarnos a ellos y conocerlos personalmente. Es la invitación continua de la Iglesia al proponerlos como guías luminosos para el camino de la vida. Las circunstancias en que vivieron pueden ser muy distintas pero, como el hombre es fundamentalmente siempre el mismo, sus problemas, luchas interiores y ansias de felicidad se asemejan mucho a las de cualquier ser humano. Por lo tanto, las distancias temporales y culturales no son un impedimento para encontrar en ellos un modelo seguro para el crecimiento humano y cristiano. El Papa da testimonio de esto al comentar su relación con San Agustín, a quien tuvo el don de conocer de cerca a través del estudio y la oración, y de quien dijo que se convirtió en un buen «compañero de viaje» en su vida y ministerio (cf. Audiencia General, 25 de agosto de 2010).

En la figura de los santos se da una dialéctica particular que los hace modelos privilegiados de vida. Por un lado, son personas de todas las edades y estados de vida, de toda condición social, pueblo y cultura. Como dijo Benedicto XVI, «el mundo se nos presenta como un “jardín”, donde el Espíritu de Dios ha suscitado con admirable fantasía una multitud de santos y santas» (Ángelus, 1 de noviembre de 2008). Pero la riqueza de su diversidad se manifiesta ante todo en su interioridad, en su personalidad humana y carisma espiritual. Cada uno es una obra maestra de la gracia de Dios, una flor distinta de ese gran jardín, única e irrepetible, que ha alcanzado la belleza y la perfección de su especie. Hay un proverbio popular que dice: “Dios no hace dos santos iguales”; o como dijo un sabio sacerdote, “a Dios le gustan los originales”.

Sin embargo, por otro lado, es el mismo Espíritu el que ha actuado en todos ellos hasta llevarlos a la plenitud de Cristo, hombre perfecto. «El escritor francés Jean Guitton los describía como “los colores del espectro en relación con la luz”, porque cada uno de ellos refleja, con tonalidades y acentos propios, la luz de la santidad de Dios» (Benedicto XVI, Audiencia General, 20 de agosto de 2008). Por lo tanto, es el único rostro de Cristo que se hace continuamente presente, mostrando sus distintas facetas a través de la originalidad de cada uno. De esta polaridad se desprende que la gran variedad de santos permite encontrar más de alguno con el cual identificarse en el camino de la propia transformación en Cristo. Serán aquellos que respondan más directamente a la forma de ser de cada uno y a las circunstancias particulares en que se encuentre.

3. Encontrar un modelo en uno de estos hombres de Dios ofrece además una gran novedad y esperanza. Al contrario de lo que se pueda pensar la santidad no es algo inalcanzable o un privilegio de pocos. Es un error pensar que consiste en el  perfeccionismo moral, en experimentar fenómenos extraordinarios o en realizar grandes empresas. Tampoco debe confundirse con modelos determinados de liderazgo que resultan imposibles para el común de los mortales. La santidad, en cambio, es el destino natural de todo cristiano. Consiste en permitir que la figura de Jesús vaya tomando forma en cada uno, a partir de la propia configuración esencial y por medio de la realización de la misión que Dios nos ha encomendado. Tal como lo hicieron los santos: se dejaron plasmar por Cristo desde su interior de modo que Él se convirtió en el principio interno que los ayudó a llevar a plenitud sus potencialidades, aun en medio de sus limitaciones y pobrezas. Y es que con los santos se alarga el concepto común de “modelo” que podemos tener, pues muchas veces no destacan particularmente en el plano natural sino sólo en el sobrenatural. Esto no debe confundirse con conformismo o incapacidad, sino que simplemente no estaban llamados a otra cosa. Sus vidas son y serán siempre un triunfo porque alcanzaron la madurez de Cristo en su propia particularidad.

Una santa emblemática de los últimos tiempos que refleja muy bien esta realidad es Santa Teresita de Lisieux. Aquella que dijo que no pasaba de ser una niña incapaz y débil, un alma muy pequeña que no podía ofrecer a Dios más que cosas muy pequeñas (cf. Historia de un alma) se ha convertido en un faro luminoso para tantas y tantas personas. Sin hacer grandes obras ni recorrer el mundo predicando o curando enfermos ha enseñado al hombre contemporáneo que la santidad está al alcance de todos, y ha infundido valor y confianza a muchos para lanzarse en su conquista.

Pero Santa Teresita no es la única. Otro caso muy representativo es el de San Rafael Arnáiz, un trapense español más conocido como el “Hermano Rafael” que vivió a inicios del siglo pasado. Desde que conoció la Trapa su mayor ilusión fue la de entregarse a Dios como monje. Se sentía totalmente inútil para los asuntos del mundo y en el monasterio trapense encontró un lugar maravilloso donde poder realizar sus aspiraciones de servir y amar a Dios. Eso no quitó que durante su vida de trapense tuviera que lidiar continuamente con sus torpezas, limitaciones y defectos. En uno de sus escritos habla de sí mismo como de un “tonto de circo”, cuya actuación se reduce a un “hacer que hacemos”, arrastrando los pies y secándose el sudor (cf. Obras completas, n.670). A esto se sumó el hecho de que sus planes se vieron continuamente frustrados por una grave enfermedad que le impedía seguir la vida ordinaria de su comunidad. Esto le mortificaba enormemente y le obligó a abandonar varias veces el monasterio. Pasó largos periodos en la enfermería, lo que le hacía sentirse una carga para sus compañeros y sufrir por la posibilidad de que su enfermedad fuera un impedimento para su vocación. Pero él no perdía su amor a Dios ni su gran sentido del humor. Sabía reírse de sí mismo y esperar todo de Dios, lo que se refleja en sus escritos llenos de fe, espontaneidad y frescura. Como comentó el obispo José Ignacio Munilla, «al ingresar en la Trapa Rafael soñó con llegar a ser un monje perfecto; pero, finalmente, Dios le concedió ser… ¡un monje santo!» (La glorificación del frustrado).

Estos santos no fundaron nada, no ocuparon puestos relevantes, ni evangelizaron culturas lejanas. Simplemente no estaban llamados a eso y es el motivo por el cual vivieron ocultos a los ojos de sus contemporáneos, sin llamar la atención. Pero en medio de sus límites se dejaron modelar por Dios, lo que dio como resultado unas obras maestras que brillan por su propia originalidad. Así, cada uno, dentro de su especificidad, es y será sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-14).

Con su testimonio nos enseñan y recuerdan que cada persona tiene una misión particular que nadie más podrá realizar. Cada uno es insustituible. Por lo tanto, debemos confiar en que en el mundo hay lugar para nosotros y que todos estamos llamados a la realización plena de nuestra vida, es decir, a la santidad.

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